Silencio…Se mata.

*Por Gabriel Rodríguez, freelance filmaker en Berlín

¿Te has hartado de oír las historias de héroes americanos durante alguna de sus guerras?, ¿te aburre el tufillo “a ganador” de la mayoría de acontecimientos bélicos que conoces?. Pongámonos serios, muy serios, porque hoy hablaremos sobre dos documentales de esos que te arrancan el corazón de cuajo para darle unas vueltas en la licuadora de la “pura realidad”. Las dos piezas llevadas a reflexión son El acto de matar (2012) y su segunda parte La mirada del silencio (2014), ambas dirigidas por el realizador norteamericano Joshua Oppenheimer.

El primer acto

Imagina que te dispones a ver un documental de cual te han dicho que es “muy bueno”. Como documental “muy bueno” comienzas a ver en sus primeros diez minutos ciertos signos de calidad, empiezas a conocer el enfoque que va tomando y te introduce suavemente en el tema. Entonces tranquilamente, concentrado en lo que estás viendo, el horror, poco a poco, va creciendo y acabas teniendo una abrumadora sensación de ¿vergüenza ajena?, ¿odio hacia los humanos?, ¿pavor?.

La premisa es clara: cuando en 1965 el gobierno indonesio fue derrocado por los militares, cualquiera que se opusiera a la nueva dictadura sería culpado de “comunista” y borrado del mapa. Se inició una matanza que se cobró más de un millón de vidas en apenas un año. El ejército indonesio utilizó para esto la colaboración de grupos paramilitares y gánsteres que hoy en día siguen en el poder.

Cuando el equipo de Oppenheimer entrevistó a los asesinos, con mucho orgullo estos contaron sus fechorías y se les ofreció recrear libremente ante las cámaras los asesinatos. Ellos, en un acto de sádica ignorancia, accedieron a grabar fraguando así este inesperado acto de matar.

El acto de matar es un documental de pulso, de esos de concentrarse, tragar saliva y continuar alucinando. Para luego, en los momentos de calma entrar en surrealistas escenas que, valga la redundancia, escenifican a veces ridículamente, otras veces frívolamente, las matanzas que realizaban estos individuos hace poco más de cincuenta años en Indonesia. Estas escenificaciones son ideadas libremente y protagonizadas por los verdugos, gente de baja cultura y mediocres que se crecen frente a la cámara. El film transcurre entre confesiones y recreaciones, mostrando el casual día a día de sus dos principales protagonistas, Anwar Congo y Herman Koto. El banal discurso de estos personajes crea un espacio de horror en nuestro interior, algo que nos hace mirarnos al ombligo y reflexionar. La sencillez con la que se cuenta todo no es más que un síntoma de querer contar la realidad tal cual es, algo no tan complicado por la simpleza de los argumentos de los protagonistas, que de alguna manera marcan una pauta o estructura y que es redondeada por una poderosa edición final (de la que existe una versión del director).

Pero no hay que olvidar el pulso de Oppenheimer y su co-directora Christine Cynn, ambos empujan sutilmente a sus protagonistas sobre el propio abismo de su pasado ofreciéndonos una sucesión de reacciones totalmente espontáneas que hielan los sentidos.

Segundo acto

Al segundo gran acto corresponden las consecuencias de contar algo así y la obligación vital de una de las víctimas por afrontarlo. Se trata de esa necesidad de justicia, y es que mucho tiempo ha pasado desde aquel lamentable genocidio y las víctimas siguen teniendo como vecinos a los asesinos de sus familiares. Así tras el éxito de El acto de matar contacta con Joshua Oppenheimer el hijo pequeño de una familia de supervivientes de la barbarie. Este afirma ser el hermano de una de las víctimas de las que se habla en el documental y está decidido a enfrentarse a los responsables del asesinato.

Se forja así este impecable documento llamado La mirada del silencio que, al igual que su predecesora, es una producción danesa amparada por el veterano Werner Herzog.

El silencio toma protagonismo y se posiciona como frío aliado de la justicia, pero no la justicia como la conocemos, sino la justicia como una mezcolanza de rabia, ira, pena y misericordia transformada en el sonido del silencio de una escena tomada por una cámara de cine.

El juicio lo hacemos nosotros realmente, en nuestro interior, al igual que los asesinos lo hacen en segundos y segundos de silencio justiciero. El tono circunspecto o la ira contenida se mantienen firmes conocedores de su poder, afrontando la injusticia, mirándola en silencio.

La mirada del silencio, a diferencia de su predecesora, evoluciona con más calma y cuenta con un protagonista que opta por no identificarse (en los créditos aparece como anónimo junto a muchos otros) .Aunque a día de hoy ya se le conoce por su verdadero nombre: Adi Rukun).

Él, que es el optometrista de la zona, se enfrenta cara a cara con los asesinos de su hermano con el pretexto de examinarles la vista. Acudimos entonces a entrevistas cargadas de tensión, ira contenida, rabia, silencio y para más inri ningún atisbo de arrepentimiento por parte de los acusados. Tras todo esto no queda mucho más que decir que silencio. Para completar este testimonio la película se apoya técnicamente en sagaces recursos fílmicos a nivel de imagen y guión que agregan, sin desvirtuar nada, un ambiente más propicio a todo lo que vemos y oímos.

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